Nº 15, 1999Texto 15-01.Gaceta Antropològica
Las técnicas de
investigación en
antropología.
Mirada antropológica y
proceso etnográfico-
María Isabel Jociles
Rubio
Universidad
Complutense de Madrid
I. Sobre la interdisplinariedad de las técnicas de investigación
Hoy por hoy es difícil, por no decir imposible, asociar una
técnica o un conjunto determinado de técnicas de investigación a una u otra
disciplina social. Es cierto que solemos atribuir la encuesta estadística y los
grupos de discusión a la sociología, la entrevista en profundidad a la
psicología o -para enumerar un solo caso más- la observación participante a la
antropología, tratándose a menudo de atribuciones que atienden a que tales
técnicas se hayan practicado con mayor profusión en cada una de esas ciencias,
a que en su seno se hayan cultivado sus características más sobresalientes, a
que -debido a estas u otras razones- hayan servido como bandera o insignia de
la identidad profesional de sus miembros o, lo que tampoco es infrecuente, al
empleo de estereotipos y etiquetas que reproducimos miméticamente. Sin embargo,
es evidente que la permeabilidad de las fronteras de las diferentes disciplinas
no afecta únicamente a la circulación de conceptos, teorías o estrategias
metodológicas, sino también al traspaso de técnicas de investigación, ya sea la
biográfica, la producción/análisis de redes o, incluso, aquellas otras
nombradas más atrás. Si ojeamos los trabajos que se han venido realizando en
los últimos años (al igual que si nos fijamos en los efectuados en las primeras
décadas de nuestro siglo), no se puede por menos que llegar a la conclusión de
que las técnicas de investigación más que ser el terreno de la diferencia entre
la antropología y, por ejemplo, la sociología o la historia, es un lugar de
coincidencia, que su trasiego, más que una excepción, ha sido moneda corriente
a lo largo de sus respectivos devenires históricos. Ello lo recalcan, entre
otros, Juan José Pujadas (1992: 85 y ss), Félix Requena (1991) y Juan José
Castillo (1997:145 y ss). El primero, tras examinar las ocho obras españolas
(tres firmadas por sociólogos y cinco por antropólogos) que -en su opinión- han
alcanzado una cierta difusión y se han destacado por la utilización de las
reconstrucciones biográficas, nos dice que, en este pequeño corpus, «las
diferencias disciplinarias tienden a ser laxas, si exceptuamos, tal vez, el
hecho del mayor énfasis aplicado, hacia el planteamiento de soluciones al
problema estudiado, por parte de sociólogos como Negre o Gamella»; una
'laxitud' que quizá tropezaría aun con menos salvedades si se tiene en cuenta
que Gamella es profesor de antropología en la Universidad de
Granada. Pero eso no es todo. Cuando Pujadas presenta -por ejemplo- su
propuesta para «la elaboración de una historia de vida» (1992: 59-84), no
titubea en integrar en un mismo esquema teórico-metodológico los logros
provenientes de la antropología (Radin, Lewis, Watson, Spradley...) con los
procedentes de otras disciplinas (Strauss y Glaser, Thomas y Znaniecki, Shaw,
Allport, Bertaux, Fraser, Cartwright, etc.), en lo que se refiere a los
procedimientos que se pueden seguir tanto en la 'etapa inicial' como en las
fases de 'encuesta', 'registro' y 'análisis' de los relatos biográficos;
haciendo gala de un ejercicio interdisciplinario no muy lejano del realizado
algunas décadas antes por Balán et alii (1974).
Por su parte, Félix Requena, un sociólogo de la Universidad de Málaga,
no sólo ha insistido en que el desarrollo de la metodología de redes es fruto
de un esfuerzo conjunto de la antropología y la sociología, sino que no ha
vacilado en acudir a los planteamientos de John Barnes, Elizabeth Bott o Clyde
Mitchell a la hora de encontrar fundamentación metodológica y técnica para su
investigación sobre la importancia de las redes personales en el mercado
laboral español. Del mismo modo, resulta reconfortante comprobar que Juan José
Castillo, un sociólogo de la
Complutense firme partidario de la observación directa in
situ, recomiende la lectura de Junker y Hughes, W. F. Whyte y, por supuesto,
Malinowski, cuando anima a conocer los procedimientos del trabajo de campo a
partir de cómo los relatan los clásicos; y después de lamentar que otros muchos
no los revelen en sus obras, acaba declarando lo siguiente:
«Se habla de rejuvenecer puntos de vista, hoy, por ejemplo, con
los enfoques antropológicos del trabajo. Nuestros clásicos, nuestros padres y
maestros, eran antropólogos. Nada mejor que aspirar a ser lo que ya fuimos. O,
al menos, aprender críticamente de lo que fuimos» (149).
Y no estaría de más recordar a algún que otro antropólogo afanado
en 'rejuvenecernos' con los enfoques sociológicos del trabajo de campo en aras
a facilitar nuestra adaptación al estudio de las sociedades complejas, que
nuestros «padres y maestros eran también sociólogos» y que, por consiguiente,
sus «puntos de vista» merecen como mínimo una lectura crítica antes de que se
los deseche -como acaece a menudo- por sentir debilidad por los 'primitivos',
por no acomodar su lenguaje a las modas finiseculares o por haber sido tildados
de representantes del 'realismo etnográfico' o del 'positivismo'. Diré,
incidentalmente, que en unos momentos como los actuales, en que -por ejemplo-
parece bastante consensuada la idea de que hay que analizar los discursos de
los sujetos investigados como conducta discursiva, y no tanto como
'información', no es ineludible recluirse en la semiótica pragmática o en la
sociología cualitativa (si bien hay que beber también de sus fuentes) para
descubrir antecedentes de un giro analítico de tal envergadura, pues cabe
hallarlos igualmente -entre otros- en Nadel (1974 -1951-: 49 y ss):
«Radcliffe-Brown, Malinowski y otros muchos han advertido que no
debemos esperar respuestas correctas cuando preguntamos a la gente de la razón
o el significado de una actividad cultural. Pero sus respuestas no carecen de
valor por completo; aunque en un sentido son fuentes de error, en otro ellas
mismas son hechos sociales significativos, datos por derecho propio y, en
consecuencia, fuentes de conocimiento. Pues la información verbal sobre la
acción social es acción ella misma».
Sin embargo, no quiero detenerme en esta clase de elucubraciones,
que no he resistido la tentación de hacer al hilo de las palabras de Castillo,
sino seguir -desde otro ángulo- con el asunto de la circulación
interdisciplinar de las técnicas de investigación. La antropóloga Eugenia
Ramírez Goicoechea (1996: 592 y ss), en el apéndice de un libro sobre los
inmigrantes en España, asegura haber recurrido a la realización de 13 grupos de
discusión para conseguir parte del apoyo empírico necesario para su trabajo; y
aunque no sea la primera vez que los antropólogos se han subido al tren de las
entrevistas grupales, Eugenia Ramírez toma como referencia la concepción que de
las mismas ha delineado la denominada escuela española de sociología
cualitativa, lo que se detecta no sólo en el nombre que les da (grupos de
discusión, en lugar -verbigracia- de entrevistas en grupo o grupos
focalizados), sino en los comentarios que vierte sobre ciertas modificaciones
que se ve obligada a introducir en su diseño y puesta en funcionamiento: «Sin
embargo, nos hemos adscrito aquí a una versión metodológicamente más libre de
esta técnica, al estilo de las últimas tendencias en esta materia en la
investigación cualitativa. Por eso, no se respetaron algunas de las condiciones
formales de la técnica, ... como es que los participantes no se conozcan, el
número máximo y mínimo de partícipes, la neutralidad del escenario así como el
papel del investigador». Sólo si se tienen en la mente las directrices marcadas
por aquella escuela sociológica para la composición y la moderación de los
grupos de discusión, adquiere sentido e interés incidir en aclaraciones de esta
índole. Para no cansar con la exposición de una larga lista de los estudios
antropológicos que no ponen reparos disciplinarios a la hora de optar por una
determinada técnica (1), mencionaré -por último- el de otro antropólogo
español, Andrés Barrera (1985), quien en su investigación sobre la dialéctica
de la identidad en Cataluña, amén de las entrevistas o de la observación
participante, aplicó una encuesta a una muestra de 400 personas: por un lado,
llevó a cabo un muestreo por cuotas y, por otro, nos confiesa no haber
desdeñado los programas informáticos para el tratamiento estadístico de los
datos. Pero no quiero terminar esta relación sin traer a la memoria que la
propia observación participante entró en la antropología como un trasplante de
la 'observación naturalista' de los zoólogos o que, como pone de manifiesto
Comelles (1996:135), ha sido una técnica que ha desempeñado un papel asimismo
destacado «en la elaboración del soporte factual de otras disciplinas», como es
el caso de la medicina hasta que, en la segunda mitad del XIX, se impuso en
ella el método clínico. Es decir, que la antropología, en lo que atañe también
a su instrumental técnico-metodológico, es y ha sido siempre una disciplina
abierta a todos los mundos, ya sea el de las ciencias sociales o el de las
ciencias naturales, por lo que ha sido sacudida por los vientos y los vaivenes
más diversos del pensamiento científico y humanista; lo que no significa, desde
luego, que el utillaje ajeno no haya sido asimilado creativamente.
Ahora bien, la interdisciplinariedad de los procedimientos de
investigación, que no cuesta demasiado apreciar cuando se examinan los trabajos
empíricos o que es defendida -a veces con apasionamiento- por quienes realmente
la practican, parece evaporarse cuando nos encaramos con algunos libros que
versan sobre metodología, esto es, con los clásicos manuales o colecciones de
'métodos y técnicas'. Ese desarrollo interdisciplinar es, en unas ocasiones,
silenciado, como ocurre - por ejemplo- con la presentación que hace Josep
Antoni Rodríguez (1995) del análisis de redes que, por omisión, induce a
discurrir que fuera una creación genuina y exclusivamente sociológica. En otras
ocasiones, la aportación realizada por otras ciencias sociales es minimizada,
considerándosela -verbigracia- como un escalón o estadio ya superado dentro de
una escala evolutiva que asciende hacia no se sabe dónde, como sucede con la
imagen que José Miguel Marinas y Cristina Santamarina (1994: 263 y ss.)
proyectan sobre el uso antropológico de las historias de vida, al quedar
enclaustrado en un capítulo que significativamente titulan «Primera fase: el
antropologicismo conservacionista». Y, las más de las ocasiones, tal desarrollo
no se concibe más que como una maraña confusa de la que hay que extraer
indicios de las tradiciones independientes de cada disciplina, como cabe advertir
en el viaje que hace Valles (1995: 142 y ss.) a través de la observación
participante (2). Son acercamientos, por tanto, que o bien ignoran la
interdisciplinariedad o bien juegan con ella pero, casi siempre, para reforzar
las fronteras más que para abolirlas. Todo lo cual tal vez no tenga otra
explicación que el hecho de que cada uno la entiende de un modo diferente, por
cuanto se hubiera convertido -y tomo de nuevo palabras de Juan José Castillo
(1997: 141) «en algo así como el comentario inglés sobre el weather: eso de lo
que se puede hablar con toda inocencia para poner a todos de acuerdo»; un
acuerdo que -empero-, si se profundiza un poco, enseguida se evapora.
Sin embargo, la interdisciplinariedad de las técnicas de
investigación, se admita o no, constituye una realidad palpable, y exige el
reconocimiento de que el estado actual de las distintas técnicas de trabajo de
campo (ya sean de producción, de organización o de análisis de los datos) no
pertenece al patrimonio privado de ninguna ciencia social, es decir, que es
producto de las aportaciones que a lo largo del tiempo han hecho -en mayor o
menor medida- todas y cada una de ellas. Para poner un caso, la
conceptualización y el manejo más frecuente que hoy en día se hace en la
antropología española de la entrevista individual en profundidad, es innegable
que debe mucho a lo que Malinowski, Nadel, Hymes, Spradley, Geertz u otros
antropólogos han dicho sobre la importancia y/o la manera de entrevistar a
informantes para captar el punto de vista de los nativos, pero no se puede
olvidar que bastantes de nosotros también nos hemos nutrido de las sugerencias
útiles que nos han ofrecido obras como las de Rogers, Taylor y Bogdan,
Hammersley y Atkinson, Douglas, Ortí, Blanchet o, en los últimos años, Alonso.
Y no está de más resaltar aquí que en las más recientes encontramos
planteamientos ya expresados en las más tempranas (a veces para criticarlos,
otras para apoyarlos y/o matizarlos): Nadel y Geertz remiten -entre otros- a
Malinowski; Taylor y Bogdan retoman experiencias de campo y recomendaciones
metodológicas de Spradley, Lewis o Douglas; Hammersley y Atkinson hacen lo
propio con Nadel, Perlmam o Agar; Blanchet recurre a Hymes, Shapiro o Austin; y
Alonso se apropia de algunas ideas de Bateson, Geertz, Taylor y Bogdan y
Blanchet. Pues, si nosotros como investigadores nos embarcamos en estos
periplos, que no por sinuosos dejan de ser enriquecedores, cómo no invitar a
los demás a que también los realicen, esto es, cómo no proponerles un recorrido
reflexivo por todas esas imbricadas contribuciones que han perfeccionado o
pueden servir para perfeccionar sus herramientas de trabajo.
Ahora bien, poner énfasis en esto tiene claramente un riesgo,
puesto que cuando se aboga por la interdisciplinariedad, cuando se subraya
-como ahora- que las técnicas de investigación utilizadas actualmente en
antropología son una elaboración colectiva de buena parte de las ciencias
sociales, se corre el peligro de sumergir a los antropólogos (principalmente a
los antropólogos noveles) en un mar de dudas: ¿dónde está, entonces, la
'originalidad' de la investigación antropológica?, ¿no se había fundamentado
siempre en la práctica de la observación participante?, ¿en que se distingue
una investigación sociológica, psicológico-social o histórica de otra
antropológica? Se trata, al fin y al cabo, de preguntarse por aquello que marca
la especificidad de la antropología y, de este modo, por el uso antropológico
de las técnicas de trabajo de campo. Pues bien, desde mi punto de vista, el
sello particularizador lo ponen, por un lado, la «mirada» antropológica desde
la cual se aplican y, por otro, su ubicación dentro de un proceso etnográfico,
que juntas configuran lo que se ha venido nominando 'la manera de abordar el
objeto de estudio', es decir, el contexto general de aplicación de las técnicas
de investigación en antropología social.